MI QUERIDO COLEGIO




Para esta entrada me gustaría hablar sobre una de las mejores etapas de mi vida, una etapa que recuerdo con mucho cariño, mi tiempo en el colegio. 

Esos años que se pasan en un abrir y cerrar de ojos, te marcan para toda la vida.

Mi colegio, no era uno cualquiera, desde el primer día no solo nos enseñaban los conocimientos, sino también valores que se quedarán conmigo toda la vida: respeto, solidaridad, responsabilidad y esfuerzo. Cosas que no se aprenden en un examen, pero que son fundamentales para la vida.

Mis profesores eran todos diferentes, cada uno con su forma de ser y de enseñar, pero compartían algo en común: la pasión por educar, por transmitir sus conocimientos. Han pasado más de seis años desde mi último día allí y, aún me acuerdo de todos y cada uno de ellos. Algunos con más cariño, otros con menos, pero los profesores que recuerdo con amor, son parte del motivo por el que hoy estoy aquí, estudiando esta carrera, escribiendo esta entrada y soñando con marcar una diferencia en los niños del futuro, como hicieron conmigo.

Uno de los recuerdos más vivos que tengo es de una clase de historia sobre la Reconquista. En especial, recuerdo a una gran profesora: Fátima. Un día entró en clase con un mapa gigante de España dibujado y unas figuras de Lego que representaban personas. Nos pidió que nos levantáramos y que hiciéramos un corro alrededor del mapa. Cuando nos sentamos, empezó a explicar la lección como si fuera una historia. Recuerdo perfectamente las caras de mis compañeros y la mía: felices, atentos, disfrutando de aprender de una forma diferente a la habitual.

Fátima también nos enseñó los ríos de España con una canción, a usar correctamente do y did en inglés y a entender el mundo desde la curiosidad. Siempre venía a clase con una sonrisa, enseñaba con pasión y traía decoraciones hechas por ella misma para ayudarnos a comprender mejor lo que estábamos aprendiendo. Era una profesora exigente, premiaba el esfuerzo, y eso a mí me motivaba a querer superarme.

Fue mi profesora de ciencias, inglés y arte. Aunque las ciencias no eran mi fuerte, gracias a ella no solo aprendí, sino que consiguió que me gustaran. Cuando alguien no entendía algo, lo explicaba las veces que hiciera falta. A pesar de que su exigencia hacía que no todos la vieran igual, para mí fue y sigue siendo una de las mejores profesoras que he tenido.

Con el paso del tiempo, muchas veces miro atrás y echo de menos esa etapa. Siento que no la valoré lo suficiente mientras la vivía, que pasó demasiado rápido. Más adelante entendí que vivir anclada al pasado me haría perder el presente. Aunque me duela aceptar que el tiempo se haya llevado mi infancia, sé que todavía me quedan muchas etapas por vivir, y quizás puedan ser incluso mejores.

Lo que más valoro de mi colegio es que siempre hubo alguien dispuesto a escucharnos y guiarnos, pero no solo en lo académico. Todos los profesores demostraban su amor por su asignatura, pero también  nos enseñaron a ser mejores personas. Siempre nos enseñaron valores a través de las experiencias únicas que vivíamos en cada curso. Organizábamos pasadizos del terror por Halloween y hacíamos concursos para decorar calabazas;  decorábamos el colegio en Navidad, hacíamos christmas y amigos invisibles con nuestros compañeros de clase, participábamos en campañas de reciclaje para cuidar el planeta y recogíamos comida para donar en el Día de la Paz. 

Celebrábamos carnavales disfrazándonos de algo diferente cada año, creábamos nuestros propios musicales con la ayuda de nuestro profesor de música Rodrigo, que lo recuerdo como el mejor profesor de música del mundo que además de enseñar a prácticamente todo el colegio a tocar la flauta, también nos enseño a no desafinar cantando. Participábamos en concursos de baile y en ligas de distintos deportes; todos escribíamos una historia por el día del libro, aprendimos primeros auxilios con profesionales.

Incluso recuerdo las fiestas que hacíamos el último año de cada curso, que incluían una famosa tradición de jugar un partido de fútbol entre los alumnos de sexto y los profesores; las excursiones a granjas y a parques de aventura, que hacían que ir al colegio fuera algo que realmente esperábamos con ilusión. Pero, sin duda, uno de los mejores recuerdos de mi vida fue el día en que todo mi curso se quedó a dormir en el colegio. La idea surgió de un libro que estábamos leyendo en clase de lengua por aquel entonces. Dormimos en el gimnasio, algo que nunca se había hecho antes, fuimos los primeros de una larga tradición. Hicimos tanto ruido que los vecinos llegaron a quejarse, pero aun así fue una experiencia inolvidable ya que no dormimos en toda la noche, y al día siguiente desayunamos todos juntos chocolate con churros en el comedor. 

Además, para muchos de nosotros el colegio no era solo un lugar al que íbamos a estudiar, sino prácticamente nuestro segundo hogar. Había niños, como yo, que pasábamos allí gran parte del día. Yo desayunaba en el colegio porque mis padres trabajaban muy temprano, comía allí porque no les daba tiempo a recogerme y, por la tarde, me quedaba en la ludoteca. En resumen, entraba a las ocho de la mañana y salía a las cinco de la tarde. Pasar tantas horas en el colegio me hizo considerarlo mi segunda casa.


Hoy, en mi vida cotidiana, sigo utilizando herramientas que aprendí en el colegio. Desde calcular el cambio cuando voy a comprar el pan, hasta comprender mejor un texto, organizarme, expresarme. También aplico lo que aprendí sobre trabajar en equipo. Me ha servido para planificar mis deberes, gestionar mi tiempo y cumplir mis compromisos, así como para expresarme con claridad, escuchar y comprender a los demás. Incluso pequeños hábitos, como cuidar el medio ambiente, reciclar o ser responsable con mis cosas, son aprendizajes que vienen del colegio. En definitiva, todo lo que viví allí, me ha hecho ser lo que soy hoy.

También allí se formaron amistades, mis primeras amistades, algunas de ellas que sigo conservando y espero que duren toda la vida. Amistades que surgieron de trabajos en grupo, recreos, charlas en clase... y en momentos que, sin saberlo, se estaban convirtiendo en recuerdos para siempre.

Ahora, cada vez que paso andando al  lado del  cole, siento un nudo en la garganta al recordarlo todo y el saber que no volveré a vivirlo. Supongo que soy una persona muy nostálgica. 

Y por todo esto y más, digo con orgullo que yo me crie en el Vicente Ferrer. El colegio que me vio crecer.













Comentarios

  1. Se nota muchísimo el cariño con el que recuerdas tu colegio y a tus profesores. Qué bonito cómo hablas de Fátima y de todo lo que aprendiste más allá de los libros. Es precioso ver cómo esas experiencias te han marcado tanto. Gracias por compartir recuerdos tan sinceros

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  2. Ay María... anda que no nos has dado la tabarra con tu cole!! Se nota que ocupa un hueco especial en tu corazón y esta entrada lo corrobora más aún. Me alegro de que hayas tenido una infancia tan feliz y estoy segura de que tú también serás una de esas profes que dejan huella.

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